¡TENGO HAMBRE!

13 Febrero 2017 0 Comentarios

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Es un día caluroso de verano y he decidido visitar la cueva de Zuheros en la provincia de Córdoba. También la llaman la cueva de los murciélagos porque en ella habitan muchos de ellos y es seguro que los encontraras al visitarla.

En pequeños grupos nos adentramos para conocer su interior. Delante de mí van una pareja con dos niños cogidos de la mano, no tendrán más de 4 añitos. Con lentitud bajamos a más profundidad, vemos algún que otro murciélago que el guía nos señala, hasta que llegamos a una caverna donde todo el techo se ve negro por los centenares de murciélagos. Decenas de ellos sobrevuelan nuestras cabezas, el ruido que hacen lo invade todo y retumba en las paredes. Surge un grito fuerte, profundo, desgarrador, ¡TENGO HAMBRE MAMA! ¡TENGO HAMBRE! La niña cogiéndose fuertemente de la mano de su madre y mirándola con ojos muy abiertos expresa como puede lo que está sintiendo en ese instante, algo le sucede, pero no es capaz de identificarlo. Su voz dice “Tengo hambre mama”, pero yo veo miedo.

¿Es la solución darle un bocadillo? ¿Crees que con ello logrará cambiar esa sensación que la atenaza? Estaría tratando el síntoma expresado, que no el que realmente necesita ser resuelto; para cambiar algo en la situación tenemos que buscar la raíz y trabajar con ella. Todos los cambios vienen siempre de trabajar con las raíces, el resto es estética.

En la vida real, en el mundo de los adultos, a los que nadie nos formó para saber que emociones hay, cómo reconocerlas o qué efectos tienen, todos los días vivimos situaciones como esta donde respondemos con un estímulo equivocado. En un mundo donde todo se acelera, el número de interacciones aumenta y el tiempo que podemos dedicarle a cada una de ellas se reduce, la educación emocional pasa a convertirse en una guía imprescindible para conservar la buena salud y responder adecuadamente. ¿Cuándo empezamos?

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