Juan sin miedo

26 enero 2016 0 Comentarios

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llaves piso

Esta mañana he entregado las llaves a Juan Manuel, el dueño del piso de alquiler que acabo de dejar. Ahora tengo que esperar el trámite donde él visita el piso para verificar que todo está bien y devolverme los dos meses de fianza que tiene en su poder.

He cuidado el piso como si fuera mío, bueno, en realidad ha sido mi hogar durante 3 años, con lo que sé que no surgirá ningún inconveniente.

Van pasando los días y no tengo noticias suyas. Decido llamarlo yo para dejar ya la relación cerrada, cuando salta la sorpresa y me dice que no me va a devolver la fianza a causa de los desperfectos que ha encontrado en una puerta y la ausencia de un mueble.

Siento una gran ira en mi interior, lo siento injusto, me lo “comería con patatas”, 2.000 euros es mucho dinero.

Mi respuesta ha sido dura aunque él tampoco se ha quedado corto. No me gusta que se aprovechen de circunstancias en las que estoy totalmente a merced de otros y he exigido vernos el jueves en el piso para hablar. Busco entre mis emails la petición que le hice para deshacerme del mueble, con su respuesta.

El miedo a no recuperar el dinero ha encendido en mí la llama de la guerra, pero sé que ese no es el camino para lograr lo que yo quiero. Estoy en sus manos.

Dos días han pasado desde nuestra conversación, ahora toca vernos cara a cara. He sido capaz de dejar el miedo de lado, de abandonarme a la situación, estoy tranquilo, será lo que tenga que ser.

Cuando me abre la puerta puedo percibir su miedo, sus ojos y algo de su cuerpo lo dice claramente. Yo voy en son de paz, le enseño los emails, revisamos la casa de arriba abajo, poco a poco veo como él recupera su lugar de paz. Su miedo le había llevado a las amenazas antes que al diálogo. Al final llegamos a un acuerdo válido para ambos, apretón de manos y caso cerrado.

¿Cuántas veces en nuestra vida estamos en manos de otros por las circunstancias? Nuestros jefes, nuestra pareja, nuestros padres, nuestras deudas… Si permitimos que el miedo crezca en nosotros lo activamos en los demás, perdemos visión y objetividad, un círculo malicioso que crece sin fin.

Si aceptamos el devenir y estamos en paz, calmaremos el miedo de los demás y seremos capaces de encontrarnos. Tu destino está en tus manos y solo en ellas.

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